El desorden de tu nombre – Juan José Millás

Una de las virtudes que encuentro en la literatura de Juan José Millás es su facilidad para hacerme visualizar todas y cada una de las situaciones que viven sus personajes, por muy surrealistas que estas sean. Por eso disfruto tanto con sus novelas, porque me transportan a sus universos sin hacer esfuerzo alguno.

En esta ocasión, leyendo El desorden de tu nombre, he disfrutado aún más si cabe del viaje porque el protagonista, Julio Orgaz, trabaja en una editorial y ansía ser capaz de escribir un libro. Por este motivo, son muchas las referencias al mundo de la lectura y de la escritura a lo largo del relato y muchos los diálogos dedicados a ambas actividades.

No se puede escribir y vivir al mismo tiempo. No se puede ser escritor y personaje de novela a la vez” (le dice Julio a su psicoanalista en la página 131).

La experiencia dice que todos los personajes, incluso aquellos cuya función no es otra que de un mero soporte técnico, acaban adquiriendo un desarrollo excesivo a poco que se les deje actuar”. (Pag. 133).

“- El lector no es, desde luego, un sujeto manejable. Participa en la acción y llega a entorpecerla incluso con sus jadeos o con el ruido del mechero cada vez que enciende un cigarrillo. Es, con mucha frecuencia, de todos los personajes, el que más pierde. Se lo digo yo que he actuado de lector en muchísimas novelas.
– ¿Y qué es lo que pierde?
– El tiempo y la inocencia. ¡Qué vida!” (Pag. 134)

La realidad seguía rara y la dulce sensación de fiebre continuaba instalada en sus articulaciones, obligándole a permanecer consciente de las pequeñas posesiones orgánicas repartidas a lo largo de su cuerpo”. (Pag. 140).

Ese mismo estado febril del que habla el protagonista nos acompaña permanente. Yo creo que causado por esa extraña sensación que se manifiesta en todas las páginas y provocada, a su vez, por el confuso juego de realidad e imaginación que lo impregna.

Pero no solo el protagonista tiene frases memorables sobre el hecho de escribir.

El amor no es bueno para escribir novelas. Roba muchas energías”, le dice Ricardo Mella, un escritor “de segunda” (si es que eso existe) al que, a juzgar por las apariencias materiales, no le van mal los negocios. (Pag. 144).

Tras ese encuentro con su antiguo amigo, Julio recibe la llamada de Laura y le responde de la siguiente manera: “No estaba aquí, todavía no puedo estar en varios lugares a la vez. Como no te vi en el parque, fui a suicidarme, pero me entretuvo un amigo y ahora se me ha hecho un poco tarde”. (Pag. 147)

El desorden de tu nombre - Juan José Millás parque

Cada martes y viernes Julio Orgaz, al salir de la consulta del psicoanalista, encuentra en el parque a Laura

Laura ya había colgado. Julio depositó el auricular sobre el teléfono, observó la jaula del pájaro, todavía en sus sitio, y se tumbó en el sofá para observar desde allí al escritor imaginario que sentado frente a su mesa de trabajo, escribía una novela suya titulada El desorden de tu nombre, pues ese sería su argumento y su trama, una tupida trama capaz de tapar el agujero producido por la desaparición del otro nombre – el de Teresa- y de aliviar la distancia que todavía le separaba de Laura”. Laura, por cierto, nombre recurrente en las novelas de Millás.

Solo me quedaban un par de capítulos para terminar la novela cuando se cruzó en mi camino el ensayo de Rodrigo Fresán sobre la lectura, Literatura; instrucciones de uso, publicado en El País, suplemento Ideas, el domingo 7 de febrero de 2016.

Automáticamente se disparó en mi mente una conexión entre el libro de Millás y el cierre del artículo de Fresán cuando este último afirma:

“(…) tal vez la literatura no sirva para salvar al mundo; pero sí que te ahorrará unos cuantos billetes de esos que gastas acostado en un diván recitándole a un casi desconocido el cuento de la nunca muy bien redactada novela de tu vida“.

Me pregunto qué opinaría Julio Orgaz de esta afirmación. Yo la comparto absolutamente  (así como el resto del contenido del ensayo cuya lectura recomiendo encarecidamente) tal y como lo reflejé en el post dedicado al último libro de Elvira Lindo, Noches sin dormir.

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